• 12.05.2012 – Juan José Téllez
    Fuente: El Secreto del Olivo

    El poder político, económico y mediático no pudo vaticinar la que se le venía encima. Ni tampoco acertó a explicarse a ciencia cierta cómo aquella masiva catarsis española fue progresivamente difuminándose, diluyéndose en un estereotipo de lo que apenas resta, un año después, la letra más o menos ocurrente de unas sevillanas.
    A un año del 15-M, quienes no conocen sus procesos internos se preguntan si este movimiento sigue existiendo o ha sido domesticado hasta el punto de que acepte finalmente someterse al horario estricto y la severa disciplina que ahora le impone la Delegación del Gobierno de Madrid para ocupar la Puerta del Sol. Haberlo, haylo: el 15M no sólo fue una reedición pedestre de la movida madrileña ni consiste apenas en una acampada masiva, sino en un esforzado trabajo por barrios, en numerosas ciudades que no sólo se llaman Madrid. Sus análisis, su insubordinación, su discurso alienta a su núcleo duro y a otras líneas de trabajo que han surgido de su seno como un spin-off y que han alcanzado desde la intocable y hermética profesión periodística a un cónclave virtual y plural que se ha erigido en constituyente, apostando por una nueva Constitución, más realista que pragmática, más utópica que sumisa.
    Antes del 15M, hubo otros 15M. Las movilizaciones del 30 de marzo y del 7 de abril de 2011 anticipaban algunas claves de su espíritu aunque, en ese momento, parecía restringido al ámbito juvenil y al de los estudiantes. El  panfleto —en el mejor sentido de la palabra—  de Stephen Hessel Indignaos ya circulaba entre las axilas más ilustradas de la progresía española, por lo que pronto los fabricantes de titulares bautizaron al movimiento como el de Los Indignados. También, desde el exterior, se le llamó Spanish Revolution. En cierta medida, sufrió el contagio de las primaveras árabes que por primera vez parecían influir desde el sur a la búsqueda de una mayor democratización en el norte. Sin embargo, como un efecto dominó, las protestas españolas se reprodujeron en el corazón de Londres, junto a la escalinata de Saint Paul, o en el de Manhattan, en Nueva York, a través de Ocuppy Wall Street.
    En cualquier caso, no nació de la nada. Su estética era heredera, en gran medida, de la del movimiento hippy de los años 60, del mayo del 68 parisino y berlinés o del espíritu de la contracultura de la Transición democrática española. En el fondo, no se estaba inventando la pólvora sino recobrando una fórmula olvidada, tras las desmovilizaciones cívicas de los años 80 en nuestro país, justo después del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 o de nuestra incorporación plena a la OTAN en 1986, en plena era del desencanto. La gente volvía a estar encantada de hablar de política, de economía, de revolución y de cambio. Y de hacerlo multitudinariamente, a las claras del día y en la vía pública.
    Se trataba y se trata —porque aún existe a pesar de las apariencias o del sospechoso silencio mediático— de un movimiento complejo: hoy en día, el aura dispersa del 15M no puede confundirse, por ejemplo, con el de quienes asumieron uno de sus primeros lemas, “Democracia real ya”, que constituye una formación definida dentro del espectro de ese inmenso colectivo, que sigue especialmente activo en la red. De hecho, el éxito de sus movilizaciones y de la extensión de sus mensajes no se comprendería sin la utilización efectiva de las redes sociales en un ciberespacio habitualmente dominado por la derecha en sus diferentes modalidades. Incluso dentro de una comunidad como la andaluza, resulta muy distinto el origen y evolución del 15M, en ciudades tan próximas y al mismo tiempo tan distantes como Granada, Almería, Málaga, Sevilla o Cádiz. En esta misma ciudad, prosperó durante varios meses un proyecto de utilización alternativa de un formidable edificio abandonado. La iniciativa se llamó “Valcárcel recuperado” y planteó una forma nueva de afrontar la utilización sociocultural y recreativa de los espacios públicos. Claro que todo aquello terminó como el rosario de la aurora, una vez finiquitadas las elecciones generales. Esto es, llegó el PP y mandó parar. De hecho, ni siquiera la represión adquirió caracteres similares en Madrid que en Barcelona, por ejemplo.
    En el seno de sus diferentes asambleas, habitan creencias ideológicas bien distintas, desde marxistas a anarquistas, socialdemócratas, troskistas,  cristianos de base, o simplemente espíritus libres sin formación política que mostraban un cierto hartazgo de la rutina democrática, de sus escandalosos brotes de corrupción y de su falta de respuesta ante una crisis de tal magnitud que el escritor Antonio Orejudo definió en un tweet reciente de forma expresiva: “Antes, eran las personas las que atracaban a los bancos”.  Los conservadores que se aproximaron a las manifestaciones o participaron en algunas de sus convocatorias obedecían a posturas anti-sistema, más allá de los planteamientos convencionales del Partido Popular.
    La aparición del 15M fue más oportuna que oportunista. En plenas elecciones municipales, se pronunció en contra del bipartidismo aparente y falsamente inevitable. Claro que, a la luz de los resultados de aquellos comicios y de las elecciones generales y autonómicas del 20 de noviembre, cabe plantearse que lograron acabar con la inercia bipartidista para convertirla en monopartidista. El PP arrasó y el PSOE fue arrasado. Desde entonces, el 15M pareció refugiarse en los cuarteles de invierno. En tal contexto cabe plantearse por qué fue tan activo durante la agonía del  zapaterismo y por qué no lo ha sido desde entonces a pesar de que las reformas y recortes que están llevando a cabo los conservadores resultan a la práctica mucho más profundas y contundentes; hasta el punto de que no sólo afectan a los presupuestos generales, sino a derechos fundamentales, como el de la Educación, la Salud o las libertades públicas, por enunciar tan sólo los más llamativos.
    Sin embargo, esa formidable paradoja no quiere decir que el 15M fuera instrumentalizado por el PP para sus fines electorales, como malician algunos líderes socialistas. El partido de las gaviotas apenas tuvo presencia en sus filas y el discurso que se planteaba desde los distintos focos de dicha movilización era netamente progresista. Entonces, ¿por qué le han puesto ahora sordina a su ideario? Quizá, en el fondo, se sintieran más molestos con el PSOE al interpretar que había usado en vano la palabra izquierda. A partir del negro mes de mayo de 2010, José Luis Rodríguez Zapatero llevó a cabo la voladura controlada de los avances que había logrado sacar adelante durante legislatura y media. Por la presión de los mercados, claro. Por la política de Merkozy y del Banco Central Europeo, vale. No obstante, muchos de quienes le habían votado y que se hicieron presentes en dichas protestas siempre le reprocharon al inquilino de La Moncloa que —rechace imitaciones— se disfrazara de Mariano Rajoy, en lugar de dimitir y convocar elecciones anticipadas bajo un programa distinto al que le llevó a ganarle el pulso a los conservadores en 2008, enarbolando las banderas keynesianas frente a la crisis de la deuda privada que terminó convirtiéndose en pública.
    El año pasado fue el año pasado. Y hoy ya no sólo está en la calle el 15M. En las plazas públicas siguen movilizándose los estudiantes, los sindicatos, la izquierda toda desde la que antes ocupaba los Ministerios a la que hoy sigue ocupando los calabozos donde se persigue con saña judicial a la disidencia del neoliberalismo. Son, a las pruebas de esta historia me remito, quienes confían en el poder catalizador, movilizador y transformador del 15M. En unos meses, lograron infundir ánimos al alicaído imaginario del progreso, frente a las tesis triunfantes de los trilobites fósiles de la política y de la economía. Pero si no salen de sus escondites con su orgullosa máscara de Guy Fawkes y con la contundencia dialéctica del pasado, sus numerosos activistas sin nombre conocido correrán el riesgo cierto de convertirse en una simple camiseta de souvenir. Como ocurre hoy cuando evocamos la Transición democrática, el mayo del 68 o el movimiento hippy. Fue bonito mientras duró pero convendría que esto durase mucho más y, a poder ser, resultara más efectivo que aquellas viejas proclamas de libertad sin ira, la imaginación al poder y haz el amor y no la guerra.

    El poder político, económico y mediático no pudo vaticinar la que se le venía encima. Ni tampoco acertó a explicarse a ciencia cierta cómo aquella masiva catarsis española fue progresivamente difuminándose, diluyéndose en un estereotipo de lo que apenas resta, un año después, la letra más o menos ocurrente de unas sevillanas.

    Contra la dictadura de los mercados. Foto de Tono Cano/SecretOlivo

    Contra la dictadura de los mercados. Foto de Tono Cano/SecretOlivo

    A un año del 15-M, quienes no conocen sus procesos internos se preguntan si este movimiento sigue existiendo o ha sido domesticado hasta el punto de que acepte finalmente someterse al horario estricto y la severa disciplina que ahora le impone la Delegación del Gobierno de Madrid para ocupar la Puerta del Sol. Haberlo, haylo: el 15M no sólo fue una reedición pedestre de la movida madrileña ni consiste apenas en una acampada masiva, sino en un esforzado trabajo por barrios, en numerosas ciudades que no sólo se llaman Madrid. Sus análisis, su insubordinación, su discurso alienta a su núcleo duro y a otras líneas de trabajo que han surgido de su seno como un spin-off y que han alcanzado desde la intocable y hermética profesión periodística a un cónclave virtual y plural que se ha erigido en constituyente, apostando por una nueva Constitución, más realista que pragmática, más utópica que sumisa.

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  • 04.05.2012 – Juan José Téllez
    Fuente: El Correo Web

    Menos madera, esto es la guerra. José Antonio Griñán fue proclamado ayer como presidente de la Junta de Andalucía al frente de un gobierno de coalición entre PSOE e Izquierda Unida. La legislatura más cortita de liquidez desde que la autonomía es autonomía. Ilustrísimos boquerones perdidos. Ilustrísimas a dos velas. Pero, ¿os acordáis de cuando no había dinero, ni estatuto, ni artículo 151, ni 28-F?
    Cierto es que resulta más fácil acostumbrarse a la riqueza que a las estrecheces, pero quien lo probó lo sabe: cuando la pobreza entra por la puerta, el amor puede salir por la ventana pero la imaginación se hace inmediatamente con el poder, porque no queda otro remedio. Seamos como los antiguos hidalgos: con los bolsillos rotos pero manteniendo intacto el escudo de armas de nuestra dignidad.
    Cuando Andalucía y España eran pobres como las ratas, surgió una generación que (Alfonso Guerra dixit) cambió este país hasta el punto de que no llegara a conocerlo ni la madre que lo parió. Si nos faltan 2.700 millones de euros, ¿quién dijo pena? Tenemos el ingenio de Pericón y el impulso de aquellas textiles andaluzas que vendimos por cuatro perras gordas en el siglo XIX. Nuestros mejores presupuestos generales son las cuentas del Gran Capitán, las manos de los jornaleros sin tierra, los lápices en la oreja de los tenderos, las voces de las subastas de la lonja, la sangre, sudor y lágrimas de los astilleros, la rabia del paro y la eterna cara de quien vive por la mano ajena y mira la cara del señorito público o privado a ver si la pone mala o buena.
    Cortitos con sifón, de acuerdo. ¿Pero también de labia? Las palabras no cuestan dinero ni explicar las cosas tampoco. Los sin nada hablan más que los ricos quizá porque es gratis aunque a lo largo de la historia haya sido más rentable y más prudente quedarse callado. La transición democrática se construyó con las mimbres de la esperanza y no con las de la ingeniería financiera. Por aquel entonces, hasta los contables eran capaces de la justicia poética y de los discursos que movieran montañas.
    La única diferencia entre aquel entonces y el presente o el temido por venir no estriba en la calidad de las telarañas de nuestras cajas fuertes. Aquel era un tiempo de horizontes lejanos y hoy vivimos en la era triunfal de los miopes. Los próceres de entonces se pasaban en sus promesas tanto como los de hoy se exceden en los recortes. Pero ni entonces ni ahora la historia y el amor corrían a cargo de los profesionales sino de los amantes. Durante varias décadas, hubo quien convirtió a la política en una clase o en un oficio. Y la sociedad en su conjunto, es curioso, resultaba más fieramente democrática cuando no había democracia que cuando empezamos a construirla. Eso es lo que debiera preocuparnos. No la falta de calidez sino la falta de conciencia, de compromiso, de banderas creíbles. Si podemos perder esta nueva batalla no será tanto por culpa de la intendencia sino por un claro déficit en ese formidable capital humano al que alguna vez llamamos ideología, fe, la metafísica laica en el más allá de la política. Quizá sea porque, hace 30 años, hasta los analfabetos leían libros. Y, hoy, convertidos en simples contribuyentes en vez de ciudadanos prestos a luchar por sus derechos, quizá ni siquiera seamos capaces de leer las rayas en la mano de nuestro futuro.

    Menos madera, esto es la guerra. José Antonio Griñán fue proclamado ayer como presidente de la Junta de Andalucía al frente de un gobierno de coalición entre PSOE e Izquierda Unida. La legislatura más cortita de liquidez desde que la autonomía es autonomía. Ilustrísimos boquerones perdidos. Ilustrísimas a dos velas. Pero, ¿os acordáis de cuando no había dinero, ni estatuto, ni artículo 151, ni 28-F?

    Cierto es que resulta más fácil acostumbrarse a la riqueza que a las estrecheces, pero quien lo probó lo sabe: cuando la pobreza entra por la puerta, el amor puede salir por la ventana pero la imaginación se hace inmediatamente con el poder, porque no queda otro remedio. Seamos como los antiguos hidalgos: con los bolsillos rotos pero manteniendo intacto el escudo de armas de nuestra dignidad.

    Cuando Andalucía y España eran pobres como las ratas, surgió una generación que (Alfonso Guerra dixit) cambió este país hasta el punto de que no llegara a conocerlo ni la madre que lo parió. Si nos faltan 2.700 millones de euros, ¿quién dijo pena? Tenemos el ingenio de Pericón y el impulso de aquellas textiles andaluzas que vendimos por cuatro perras gordas en el siglo XIX. Nuestros mejores presupuestos generales son las cuentas del Gran Capitán, las manos de los jornaleros sin tierra, los lápices en la oreja de los tenderos, las voces de las subastas de la lonja, la sangre, sudor y lágrimas de los astilleros, la rabia del paro y la eterna cara de quien vive por la mano ajena y mira la cara del señorito público o privado a ver si la pone mala o buena.

    Cortitos con sifón, de acuerdo. ¿Pero también de labia? Las palabras no cuestan dinero ni explicar las cosas tampoco. Los sin nada hablan más que los ricos quizá porque es gratis aunque a lo largo de la historia haya sido más rentable y más prudente quedarse callado. La transición democrática se construyó con las mimbres de la esperanza y no con las de la ingeniería financiera. Por aquel entonces, hasta los contables eran capaces de la justicia poética y de los discursos que movieran montañas.

    La única diferencia entre aquel entonces y el presente o el temido por venir no estriba en la calidad de las telarañas de nuestras cajas fuertes. Aquel era un tiempo de horizontes lejanos y hoy vivimos en la era triunfal de los miopes. Los próceres de entonces se pasaban en sus promesas tanto como los de hoy se exceden en los recortes. Pero ni entonces ni ahora la historia y el amor corrían a cargo de los profesionales sino de los amantes. Durante varias décadas, hubo quien convirtió a la política en una clase o en un oficio. Y la sociedad en su conjunto, es curioso, resultaba más fieramente democrática cuando no había democracia que cuando empezamos a construirla. Eso es lo que debiera preocuparnos. No la falta de calidez sino la falta de conciencia, de compromiso, de banderas creíbles. Si podemos perder esta nueva batalla no será tanto por culpa de la intendencia sino por un claro déficit en ese formidable capital humano al que alguna vez llamamos ideología, fe, la metafísica laica en el más allá de la política. Quizá sea porque, hace 30 años, hasta los analfabetos leían libros. Y, hoy, convertidos en simples contribuyentes en vez de ciudadanos prestos a luchar por sus derechos, quizá ni siquiera seamos capaces de leer las rayas en la mano de nuestro futuro.

  • 26.04.2012 – Juan José Téllez
    Fuente: El Correo Web

    Quién dijo que la derecha no tenía memoria histórica? Claro que, en vez de condenar verdugos y desenterrar muertos civiles en las cunetas pretéritas, pretende sentenciar a los vivos y enterrarnos a todos en el pasado imperfecto.

    Así que, de un momento a otro y ante la falta de liquidez de los bancos que siguen sin otorgar créditos, no sería de extrañar que el Gobierno central crease el cuerpo nacional de diteros. Una linda forma de rendir tributo a aquella entrañable figura del prestamista que hacía las veces de vendedor de quincalla y fruslerías, al tiempo que ejercía la usura blanda de la dita entre el vecindario. Ocurrió en un tiempo en el que aún no existían las letras protestadas, los préstamos a bajo interés, el Euríbor, el Banco Central Europeo, la Merkel ni sus mercados.

    En educación, el Partido Popular ya tiene claro que en lugar de enviar a nuestros mejores cerebros a la emigración y que nuestros ingenieros o doctores en románicas sirvan copas en Londres o atiendan mercadillos ambulantes en Oslo, mejor será no formarles. Para ello, La Moncloa acaricia la idea de restaurar el Patronato de Igualdad de Oportunidades, el célebre PIO de la tecnocracia franquista y ayudar a que uno de cada diez hijos de obreros compartan el aula con nueve señoritos, equiparando los precios de la universidad pública con la privada, hasta convertir a esta última en enseñanza concertada. Eso sí, a los becarios no les bastará con un simple aprobado. Si no tienen fortuna familiar que les compre un título, tendrán que obtener al menos seis puntos, aunque no se descarta que el tribunal correspondiente también les exija sostenerse durante media hora en un trapecio y sobrevivir a un par de novenas de monseñor Rouco Varela. Cuenta el ministro que todo ello lo hace por nuestro bien y para mejorar la excelencia española. La excelencia, la vuecencia y la ilustrísima, pues a ese paso sólo sus señorías podrán cantar el gaudeamus igitur con ciertas garantías de éxito. La costa tiene su lógica. Si la Universidad de hoy es una fábrica de parados, evitemos que los parados y sus hijos puedan acceder a la Universidad.

    Y en cuanto a salud pública, retornaremos a la era de las igualas, aquella etapa en la que estaba muy clara la diferencia entre las clínicas privadas y los hospitales de la caridad. Se trata de ahorrar en prestaciones y mantener los niveles de atención. En cierta forma es una recreación de los milagros bíblicos: para que los cojos anden, nada mejor que tengan que pagar la silla de ruedas; para que los enfermos sanen, se les cobra la ambulancia que les llevará a su sesión de diálisis; para acabar con la inmigración y con el resto de la población, no hay como que un extranjero que se encuentre sin papeles porque los haya perdido en el laberinto de la burocracia, se le diagnostique en urgencias que padece hepatitis B o C pero como no se le puede atender, mejor que vaya a contagiarla a un bar, a la parada de autobús o a la plaza del pueblo.
    Ríete de H.G.Wells. Donde se ponga Rajoy, que se quiten todas las otras máquinas del tiempo. A este paso, sólo falta, pero no mucho, que a las mujeres que aborten se les de aceite de ricino y se les pasee rapadas por las calles más céntricas.

  • Entrevista a Juan José Téllez, coordinador científico del Taller Transfronterizo Integración, ciudadanía y participación política de la población inmigrante

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  • 22.04.2012 – Juan José Téllez
    Fuente: La Voz Digital

    Schengen agoniza: España suspende el tratado por la reunión del Banco Central Europeo en Barcelona, pero Alemania y Francia pretenden llevar a cabo esa misma medida, hasta que acabe la crisis, que nadie sabe cuándo ocurrirá. O hasta que acaben las elecciones presidenciales francesas. Lo cierto, sin embargo, es que Schengen comienza en Cádiz, la provincia con mayor plusmarca de fronteras de España. La de Gibraltar, por ejemplo, con el Reino Unido, que nunca creyó en Schengen, por otra parte. El foro tripartito se ha ido al garete como la educación pública y la atención sanitaria universal. Y el ministerio español de Asuntos Exteriores acaricia la idea de retomar el supuesto de soberanía compartida con el Peñón, justo cuando el próximo año se cumplirá el tercer centenario del Tratado de Utrecht de 1713, que concedió la soberanía del peñón a Gran Bretaña, tras la Guerra de Sucesión española. Una curiosa forma de celebrarlo.

    Mientras ello ocurre, Fabian Picardo, actual ministro principal del Peñón, se muestra dispuesto a retomar la vieja idea de Joe Bossano de alcanzar acuerdos de cooperación con España de los que podría beneficiarse La Línea, una ciudad atenazada por la desesperanza y el paro. Si en su día Joe Bossano brindó inútilmente la posibilidad de que una fábrica danesa se instalara en el término municipal linense, Picardo asegura que cuenta con frecuentes propuestas en esta índole por parte de firmas que pretenden radicarse en el Peñón pero que no cuentan allí con espacio para ubicar sus instalaciones. Que nadie espere milagros: lo más probable es que las autoridades españolas no acepten el regalo, porque podría implicar el reconocimiento de la Roca como emporio financiero, un supuesto que no suele ser del gusto de la diplomacia patria.

    Por otra parte, el cierre de las puertas europeas se dirige específicamente contra la inmigración. Si un trabajador extranjero obtiene un visado en un país del territorio Schengen, puede moverse a través del resto de las naciones que tienen suscrito dicho acuerdo sin visas específicas en cada una de esos lugares. Ya ocurrió en Francia cuando la crisis libia empujó a muchos fugitivos del polvorín norteafricano hacia la orilla norte del Mediterráneo. En cualquier caso, supone la reedición de la llamada Europa Fortaleza, un imaginario que se mostró absolutamente inútil a lo largo de las últimas décadas: en la actualidad, se calcula que hay once millones de personas sin papeles en el continente. Sin posibilidad de expulsarles, porque sería tan caro como tan improbable. Y sin ganas de legalizarles, porque hay quien obtiene claros beneficios de un ejército de mano de obra barata, cuya situación irregular perjudica tanto a los propios inmigrantes clandestinos, pues carecen de derechos, como a los Estados donde residen, ya que carecen de deberes, incluidos el pago de impuestos.

    So pretexto de acabar con el llamado turismo sanitario, el ministerio Sanidad, Servicios Sociales (sic) e Igualdad, que titula Ana Matos, cierra las puertas a los familiares de los migrantes que no residan en España y recorta las prestaciones a aquellos que carecen de papeles. El cerrojazo a este servicio ha despertado lógicamente la ira de José Chamizo de la Rubia, Defensor del Pueblo de Andalucía, que puso nuevamente el dedo en la llaga: «¿Por qué no actúan antes sobre el turismo sanitario de los europeos hacia España, que es el más frecuente y caro?», se preguntó. Nos preguntó. Todos los informes habidos y por haber vienen a demostrar que los inmigrantes -un 11% de la población española- apenas utilizan los servicios de salud, a pesar de las apariencias. Junto con el copago y otras restricciones, estas medidas pueden llevarnos, poco a poco, hacia el sistema sanitario de Estados Unidos, en donde mandan los seguros privados y en donde los que no tienen nada parece que tampoco tienen derecho a tener acceso a los centros de salud. Una medida poco cristiana, por cierto, para un partido político que suele presumir de tales creencias.

    La caza del inmigrante no ha acabado. Y si bajo el mandato del PSOE, la policía llevó a cabo formidables redadas, ahora el endurecimiento legal que va a acometer el Gobierno afectará sin duda a ese colectivo. Tampoco escapará a esa mano dura la actual Ley de Extranjería, en cuyo reglamento va a reforzarse la condición penal de los CIEs, los centros de internamiento de extranjeros en los que va a aumentar considerablemente el imperio del director de turno. Entre otras medidas, seguirá limitándose el acceso a las mismas de las ONGs y se pretende incluir en su protocolo el desnudo integral de los ocupantes del mismo, siempre y cuando así lo determinen sus vigilantes. Hasta ahora, esa práctica tan poco garantista solo era habitual, a criterio también de su director, en el Centro de Internamiento de Algeciras.

    Una vuelta de tuerca más tras los recortes sociales y laborales, que achacan a la herencia recibida, o tras los recortes en libertades públicas, como las de manifestación, o la elección no consensuada del presidente de la corporación de RTVE, que no puede apoyarse en herencia alguna. La mayoría absoluta del PP, visto lo visto, va camino de convertirse en mayoría absolutista. A este paso, propios y extraños podríamos preguntarnos si habrá nuevas elecciones dentro de cuatro años.

    El voto voto decisivo de Sánchez Gordillo

    Ignacio García, el diputado portuense de Izquierda Unida, no pudo ser presidente del Parlamento de Andalucía, cargo que asumió Manuel Gracia, del PSOE. La coalición a la que representa García prefiere tener más presencia en el gobierno de coalición si es que sus bases dan por fin luz verde a semejante decisión política. En cualquier caso, contó con el voto rebelde de Juan Manuel Sánchez Gordillo, el alcalde de Marinaleda y dirigente de la CUT, que se opone a dicho acuerdo y que expresó su disconformidad haciendo uso de su nombre. Los rumores se extienden en cuanto a la composición del futuro gobierno. En cualquier caso, todos los indicios apuntan a que el socialista gaditano Francisco Menacho seguirá siendo consejero de José Antonio Griñán, aunque no necesariamente de Gobernación. La juez Alaya, que investiga el caso de los ERE, sigue haciendo coincidir algunas de sus actuaciones de mayor vistosidad con el calendario político andaluz. Esta vez, la constitución del Parlamento de Andalucía en su novena legislatura vino a coincidir con la comparecencia del jerezano Antonio Fernández, quien fuera consejero de Empleo y a quien terminó acusando por varios delitos. Lo curioso del caso es que Fernández llevaba un año apareciendo como imputado, aunque hasta ahora no ha sabido por qué. Un supuesto que, en tiempo y forma, podría llevarle a alegar indefensión. Y lo mismo algún tribunal puede darle la razón.