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  • Noticias 15.11.2011

    15.11.2011 РJuan Jos̩ T̩llez
    Fuente: Periodismo Humano

    De Morón a Gibraltar, Andalucía se ha movilizado durante el último mes en contra de las bases militares. La asistencia de público ha sido desigual, aunque la tradicional marcha contra la Base de Rota, que alcanzó su vigésimo sexta edición el pasado día 6 de noviembre, ha visto como crecía esta vez el número de manifestantes, muy por encima de las cifras de los años anteriores.

    También en domingo, el pasado día 13, apenas medio centenar de personas colgaban sus pancartas frente a la Verja de Gibraltar. No se trataba, como en otras movilizaciones, de reivindicar la soberanía española o británica de la Roca, sino simplemente que se le cancele el visado al riesgo atómico que corre toda la población, andaluza o gibraltareña, por la presencia constante de unidades aeronavales de propulsión o carga nuclear en dicho enclave. Además, cada año, suele repararse un número aproximado a cuatro submarinos de este tipo en unas instalaciones locales que carecen de medios de seguridad suficiente para afrontar tales trabajos. Ya en el año 2000, la población local, a un lado y otro de la frontera, se movilizó por este mismo asunto, en contra de la presencia en puerto del “HMS Tireless”, un sumergible de la clase Trafalgar que había sido rechazado en diversos recintos portuarios del Mediterráneo y que encontró fácil acomodo en el del Peñón.

    La concentración del domingo no sólo tenía por objeto protestar contra la base británica, sino contra todas las bases y en especial por la complicidad del Gobierno español a la hora de facilitar a Estados Unidos que utilice a Rota para su controvertido escudo anti-misiles. Junto a la vieja Calpe, eso sí, más de uno evocaba la figura de Gonzalo Arias, aquel aprendiz de no violento que, en diversas ocasiones, fue pionero a la hora de protestar por el riesgo militar que incumbe a los habitantes de toda la zona con independencia del pasaporte que lleven en sus bolsillos.

    Allí, en su memoria y de la VII Marcha Antimilitarista celebrada en 1982 en La Línea de la Concepción y que costó la detención entonces de hasta ochenta pacifistas por el simple hecho de escenificar en la calle el estallido de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, pudimos leer, megáfono en mano, las palabras que siguen:

    La historia de la humanidad, en gran medida, siempre fue la historia de las guerras. Y casi toda la humanidad, casi toda la historia y casi todas las guerras pasaron por ese territorio al que llamamos Andalucía y por ese lugar donde se cruzan los mundos al que desde antiguo llamamos Estrecho de Gibraltar.

    Dimos emperadores a Roma, eso es cierto, ¿pero no dimos nada más? La sangre de la bética empapaba los campos de batalla del imperio. Tarik cruzó el mar desde Africa con un largo ejército para fundar Al Andalus. Y desde Cádiz o Sevilla partieron los conquistadores que acabaron con el imperio inca o el claroscuro mundo de los aztecas.

    Hace quinientos años, a punta de cuchillo nos impusieron la religión católica como pensamiento único. Hace cuatrocientos, expulsaron a los moriscos desde el puerto de Cartagena, por no aceptar las costumbres de los vencedores. Y hace trescientos, durante una guerra civil española, en Gibraltar ondeó primero la bandera holandesa y luego la bandera británica de la Union Jack. Pero siempre, entonces o ahora, sobre Andalucía ondeó la bandera de la muerte. La bandera del absolutismo que perseguía liberales; la bandera nazi, del fascio o del franquismo, que fabricaba paredones en las playas de la libertad. Pero también la bandera de la guerra fría, la de los argentinos en la guerra de las Malvinas, la de la VI Flota contra Libia, a favor de Irak y en contra de Irán, en contra de Irak o a favor de Israel, en contra de nuevo de Libia, tanto tiempo después.

    Todas las guerras pasaron por aquí. Y toda la historia. Pero no siempre supimos ejercer el supremo derecho a la humanidad. El supremo derecho a no ser rehenes de los intereses de Estado, el supremo derecho de no vender nuestra seguridad y la de todos por un plato de lentejas, por un trabajo precario en el astillero del Peñón, por una licencia de taxi en Rota, por un pisito de alquiler en Morón.

    A mediados del siglo XIX, trescientas mil personas vivían del contrabando con Gibraltar. ¿Por qué? Porque el Estado español les trataba y nos trataba como prisioneros de guerra, sin derecho alguno, sin ventanillas burocráticas que nos facilitasen la vida, sin ni siquiera un puerto donde encontrar refugio. Teníamos que sobrevivir y eso hicimos.

    Como sobrevivimos, a duras penas, durante todas las persecuciones, durante todas las guerras civiles, durante la primera o la segunda guerra mundial. Carne de cañón y de metralla, eso fuimos. Y, lo peor del caso, eso somos.

    Hace cincuenta años, por si no fuera poco con la base de Gibraltar, con sus gobernadores militares de montería en La Almoraima con nuestros gobernadores militares. Por si no fuera poco con un ejército español que no ha ganado una sola guerra en los dos últimos siglos, salvo que fuera en el campo de batalla de los propios españoles. Hace cincuenta años, por si no fuera poco, el Salvador de España firmó un acuerdo con Estados Unidos para convertir a la Península en el mayor porta-aeronaves del Mediterráneo.

    Rota y Morón, Torrejón y Zaragoza, se convirtieron en bases de supuesta utilización conjunta entre Estados Unidos y España, con el peligro atómico de los Polaris apuntando a medio mundo pero, sobre todo, al corazón de esta vieja tierra de paz y buenos días, de este mundo que se queja cantando y que seguramente duerme la siesta para no conciliar terrores nocturnos como un viejo niño sonámbulo en mitad de una eterna pesadilla.

    Cuando llegó la democracia, se fueron al menos los Polaris. Y Zaragoza y Torrejón dejaron de ser una huerta atómica con música de Labordeta o de Miguel Ríos. Pero las escuadrillas hacia la muerte siguieron despegando de Morón y de Rota, con su estela de sangre en el chorro a propulsión de sus motores. Desde ese último puerto, zarpaban las naves del olvido dispuestas a castigar a todos aquellos que osaran llevar el paso cambiado ante el Pentágono, ante la OTAN, ante los implacables vigías de Occidente.

    Al menos, eso sí, fueron cerrando las guisquerías. Y acabó el ruido de sables de los golpes de Estado, así que dimos por bueno que las bases siguieran ahí, que nuestros generales hablaran inglés y que nuestros soldados viajaran alegres a dar su vida por el Fondo Monetario Internacional en las agrestes colinas de Afganistán, en busca del eslabón perdido de Bin Laden.

    Año tras año, sólo un puñado de pancartas llegaba a orillas de Rota o, de tarde en tarde, cuando tronaban bombarderos o reparaban submarinos amarillos, hasta la falda de Morón o la Verja de Gibraltar. Aquí, junto a la Roca, hace muchos años, con la frontera cerrada, se paró a mirar Rafael Alberti. Una multitud le rodeó en seguida y un guardia civil llegó para echarle: “Dispérsense, les dijo, márchense de una vez”. El poeta que hace medio siglo le preguntaba a Rota donde estaban sus huertos, su melón, su calabaza, se quedó mirando al agente y le dijo cara a cara, yo lo ví, yo lo escuché: “Déjeme que no muerdo. Y si mordiera esa roca, de su interior sólo saldría sangre, sangre, sangre”. Eso le dijo Rafael Alberti y en lugar de irse fue el guardia el que se fue.

    Ahora, cuando la base de Gibraltar parece en decadencia, los submarinos de propulsión o carga nuclear vuelven a pasar por su puerto, sin que nadie les controle. Ya una vez, con el Tireless, supimos que un escape nuclear no necesita pasaporte. Pero seguimos sin saber como impedir que algo así como la central de Fukushima, con periscopio o con timón, cruce a diario por delante de la Bahía de Algeciras y se quede con nosotros durante el tiempo que quieran a poner en peligro más de doscientas mil vidas.

    No hay dinero con el que pagar tanto miedo. No hay trabajo con el que comprar el aire, el futuro, los ojos abiertos de nuestros recién nacidos.

    Ahora, cuando la base de Gibraltar parece en decadencia, la base de Morón se sigue reforzando. Y tampoco hay dólares suficientes para amortizar la conciencia de quienes saben que a bordo de los aviones que cruzan los cielos de sus guitarras de cal quizá lleven presos caminos de las cárceles secretas de la CIA o bombas de racimo con las que cosechar una vendimia de seres humanos en cualquier lugar del mapa mundial de las masacres.

    Ahora, cuando la base de Gibraltar parece en decadencia y la de Morón se refuerza, la de Rota va a convertirse en el mayor arsenal de Europa, en la sede al igual que Holanda de un escudo anti misiles que, en realidad, es un escudo a favor de los misiles, que volverá a traer el peligro atómico hasta la arboleda perdida de Rafael Alberti y que, en lugar de defendernos convertirá a nuestra tierra en un lugar de ataque, en el centro de la diana de los fanáticos y de los visires que quieren ser califas en lugar de los califas que en lugar de gobernarnos nos avasallan.

    Si Europa está rota, ¿para qué más base de Rota, para qué más presupuestos militares por un puñado de empleos que probablemente sean temporales y precarios? ¿Para qué el Africom y el mando central de Estados Unidos en el golfo pérsico, preparando desde aquí las próximas guerras contra Irán o contra Siria, en lugar de defendernos del ataque de los mercados, de la invasión de las primas de riesgo, de la matanza civil de cinco millones de parados?

    Si la mayor guerra que libra el continente europeo debiera ser contra la dictadura de la contención del déficit, contra la división acorazada de los intereses bancarios, contra la Europa de las bolsas en lugar de la Europa de los pueblos, ¿para qué tanta fragata en Punta Europa, para qué tanta Royal Navy junto a la armada real de nuestros pueblos, a los que sólo debería preocupar los misiles crucero de la alegría, la artillería constante de un sueldo digno y la sala de banderas de la dignidad.

    A la paz, hermanos.

    Contra Gibraltar, no, contra la base británica que nos pone en peligro a todos los ciudadanos del mundo que vivimos a cien millas a la redonda.

    Contra Rota y Morón, tampoco. Contra el Estado español que sigue poniendo nuestra tierra al servicio del poder a mano armada, sea propio y extraño, sea gringo o fuere de donde fuere.

    Ignoro si nuestros adversarios están entre los desesperados, entre los que se agarran al clavo ardiendo del fanatismo porque no tienen democracia que les defienda. Pero estoy seguro de que nuestros verdaderos enemigos están en nuestra retaguardia, en las trasnacionales que trafican con nuestros sueños y con nuestro salarios, en una globalización entendida a la medida de los mercaderes, en una jauría de lobos que se quedó primero con nuestros sueños, luego con nuestro dinero y, ahora, como ya se decía antiguamente, van a por el cambio, para que nada cambie y que todo siga igual.

    A la paz, hermanos.

    Desarmemos los cañones de la avaricia y apuntemos a nuestros gobernantes con el bocajarro de la razón.

    Contra la idea de la violencia, la violencia de la idea. Aquí, junto a Gibraltar, en Rota o en Morón, en el corazón de Andalucía. Que los navíos de guerra auxilien del naufragio a los viajeros a ninguna parte de las pateras, que los escudos antimisiles nos protejan en realidad de las agencias de rating y que el ejército de salvación salve si es que puede lo que queda del estado del bienestar y de esas viejas palabras, libertad, igualdad y fraternidad, que no hace mucho encarcelaron en Guantánamo. Y que, aquí junto al Peñón que habla tantos idiomas pero al que nadie le enseñó nunca el idioma de la paz, la palabra submarino sólo recuerda a una hermosa canción de Los Beatles.

    admin @ Martes, 15 de Noviembre de 2011

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