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  • Noticias 04.05.2012

    04.05.2012 РJuan Jos̩ T̩llez
    Fuente: El Correo Web

    Menos madera, esto es la guerra. José Antonio Griñán fue proclamado ayer como presidente de la Junta de Andalucía al frente de un gobierno de coalición entre PSOE e Izquierda Unida. La legislatura más cortita de liquidez desde que la autonomía es autonomía. Ilustrísimos boquerones perdidos. Ilustrísimas a dos velas. Pero, ¿os acordáis de cuando no había dinero, ni estatuto, ni artículo 151, ni 28-F?
    Cierto es que resulta más fácil acostumbrarse a la riqueza que a las estrecheces, pero quien lo probó lo sabe: cuando la pobreza entra por la puerta, el amor puede salir por la ventana pero la imaginación se hace inmediatamente con el poder, porque no queda otro remedio. Seamos como los antiguos hidalgos: con los bolsillos rotos pero manteniendo intacto el escudo de armas de nuestra dignidad.
    Cuando Andalucía y España eran pobres como las ratas, surgió una generación que (Alfonso Guerra dixit) cambió este país hasta el punto de que no llegara a conocerlo ni la madre que lo parió. Si nos faltan 2.700 millones de euros, ¿quién dijo pena? Tenemos el ingenio de Pericón y el impulso de aquellas textiles andaluzas que vendimos por cuatro perras gordas en el siglo XIX. Nuestros mejores presupuestos generales son las cuentas del Gran Capitán, las manos de los jornaleros sin tierra, los lápices en la oreja de los tenderos, las voces de las subastas de la lonja, la sangre, sudor y lágrimas de los astilleros, la rabia del paro y la eterna cara de quien vive por la mano ajena y mira la cara del señorito público o privado a ver si la pone mala o buena.
    Cortitos con sifón, de acuerdo. ¿Pero también de labia? Las palabras no cuestan dinero ni explicar las cosas tampoco. Los sin nada hablan más que los ricos quizá porque es gratis aunque a lo largo de la historia haya sido más rentable y más prudente quedarse callado. La transición democrática se construyó con las mimbres de la esperanza y no con las de la ingeniería financiera. Por aquel entonces, hasta los contables eran capaces de la justicia poética y de los discursos que movieran montañas.
    La única diferencia entre aquel entonces y el presente o el temido por venir no estriba en la calidad de las telarañas de nuestras cajas fuertes. Aquel era un tiempo de horizontes lejanos y hoy vivimos en la era triunfal de los miopes. Los próceres de entonces se pasaban en sus promesas tanto como los de hoy se exceden en los recortes. Pero ni entonces ni ahora la historia y el amor corrían a cargo de los profesionales sino de los amantes. Durante varias décadas, hubo quien convirtió a la política en una clase o en un oficio. Y la sociedad en su conjunto, es curioso, resultaba más fieramente democrática cuando no había democracia que cuando empezamos a construirla. Eso es lo que debiera preocuparnos. No la falta de calidez sino la falta de conciencia, de compromiso, de banderas creíbles. Si podemos perder esta nueva batalla no será tanto por culpa de la intendencia sino por un claro déficit en ese formidable capital humano al que alguna vez llamamos ideología, fe, la metafísica laica en el más allá de la política. Quizá sea porque, hace 30 años, hasta los analfabetos leían libros. Y, hoy, convertidos en simples contribuyentes en vez de ciudadanos prestos a luchar por sus derechos, quizá ni siquiera seamos capaces de leer las rayas en la mano de nuestro futuro.

    Menos madera, esto es la guerra. José Antonio Griñán fue proclamado ayer como presidente de la Junta de Andalucía al frente de un gobierno de coalición entre PSOE e Izquierda Unida. La legislatura más cortita de liquidez desde que la autonomía es autonomía. Ilustrísimos boquerones perdidos. Ilustrísimas a dos velas. Pero, ¿os acordáis de cuando no había dinero, ni estatuto, ni artículo 151, ni 28-F?

    Cierto es que resulta más fácil acostumbrarse a la riqueza que a las estrecheces, pero quien lo probó lo sabe: cuando la pobreza entra por la puerta, el amor puede salir por la ventana pero la imaginación se hace inmediatamente con el poder, porque no queda otro remedio. Seamos como los antiguos hidalgos: con los bolsillos rotos pero manteniendo intacto el escudo de armas de nuestra dignidad.

    Cuando Andalucía y España eran pobres como las ratas, surgió una generación que (Alfonso Guerra dixit) cambió este país hasta el punto de que no llegara a conocerlo ni la madre que lo parió. Si nos faltan 2.700 millones de euros, ¿quién dijo pena? Tenemos el ingenio de Pericón y el impulso de aquellas textiles andaluzas que vendimos por cuatro perras gordas en el siglo XIX. Nuestros mejores presupuestos generales son las cuentas del Gran Capitán, las manos de los jornaleros sin tierra, los lápices en la oreja de los tenderos, las voces de las subastas de la lonja, la sangre, sudor y lágrimas de los astilleros, la rabia del paro y la eterna cara de quien vive por la mano ajena y mira la cara del señorito público o privado a ver si la pone mala o buena.

    Cortitos con sifón, de acuerdo. ¿Pero también de labia? Las palabras no cuestan dinero ni explicar las cosas tampoco. Los sin nada hablan más que los ricos quizá porque es gratis aunque a lo largo de la historia haya sido más rentable y más prudente quedarse callado. La transición democrática se construyó con las mimbres de la esperanza y no con las de la ingeniería financiera. Por aquel entonces, hasta los contables eran capaces de la justicia poética y de los discursos que movieran montañas.

    La única diferencia entre aquel entonces y el presente o el temido por venir no estriba en la calidad de las telarañas de nuestras cajas fuertes. Aquel era un tiempo de horizontes lejanos y hoy vivimos en la era triunfal de los miopes. Los próceres de entonces se pasaban en sus promesas tanto como los de hoy se exceden en los recortes. Pero ni entonces ni ahora la historia y el amor corrían a cargo de los profesionales sino de los amantes. Durante varias décadas, hubo quien convirtió a la política en una clase o en un oficio. Y la sociedad en su conjunto, es curioso, resultaba más fieramente democrática cuando no había democracia que cuando empezamos a construirla. Eso es lo que debiera preocuparnos. No la falta de calidez sino la falta de conciencia, de compromiso, de banderas creíbles. Si podemos perder esta nueva batalla no será tanto por culpa de la intendencia sino por un claro déficit en ese formidable capital humano al que alguna vez llamamos ideología, fe, la metafísica laica en el más allá de la política. Quizá sea porque, hace 30 años, hasta los analfabetos leían libros. Y, hoy, convertidos en simples contribuyentes en vez de ciudadanos prestos a luchar por sus derechos, quizá ni siquiera seamos capaces de leer las rayas en la mano de nuestro futuro.

    admin @ Viernes, 4 de Mayo de 2012

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