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  • Noticias 06.07.2012

    06.07.2012 РJuan Jos̩ T̩llez
    Fuente: El Correo Web

    Oro tenemos, cirios queremos”, sentenció Fernando Quiñones cuando se incrementó exponencialmente el número de homenajes a su figura en cuanto se supo que le quedaban tres telediarios y cuatro pelados. Algo así ocurre con el final tan celebrado de la Eurocopa de fútbol. España toda, la malherida España, era un clamor. Nos bañábamos en las fuentes de la alegría colectiva porque por fin teníamos todos, en el último trienio, algo serio que celebrar con independencia de las uvas de Nochevieja. Luego, sin embargo, vendría el rodar de cabezas, como la de la estatua sevillana de la Puerta de Jerez.

    En la medianoche del domingo al lunes, cuando el Paseo Colón era una cabalgata de coches con los colores de la Roja, un muchacho tuiteaba en su blackberry posibles citas o vítores a la selección española. Justo entonces dos energúmenos de no mucha más edad, le noquearon mediante una contundente patada en la cara y se dieron a la fuga, entre risas, con su móvil como trofeo. El joven se recobró, se levantó por sí mismo y se alejó sin demasiadas ganas de que nadie le auxiliara.

    Entre las bocinas de los autos, a cualquiera se le habría ocurrido que podría ser una formidable parábola de la realidad. Moraleja: a la menor alegría, nos dejan con la cara partida. Al chaval vapuleado y a todos los que vivimos en este país pateado por los especuladores, por los mangantes y por la inopia de la ciudadanía y de muchos de sus representantes públicos.

    Y es que, a pesar del procesamiento contra los directivos de Bankia, el levísimo descenso del paro y de los tipos de interés, nos siguieron dando fuerte los días restantes, entre el repago del medicamentazo, mientras Reuters anunciaba que la indiscutible coherencia de Mariano Rajoy le llevará a incrementar el IVA, bajar las pensiones y reducir aún más el salario de los empleados públicos. Los antidisturbios protegían a los campeones de Europa en su tumultuosa bienvenida madrileña con el mismo denuedo que los guardias civiles perseguían a los mineros asturianos, casa por casa y con la toma del pueblo de Ciñera.

    Sobre un rastro de banderines rojigualdas, este país seguía siendo cainita: ¿es que no podemos celebrar, por ejemplo, a Camarón, sin linchar con mentiras y con mala baba a Paco de Lucía? Y, sobre todo, nadie sabía dónde estaba toda aquella gente que poblaba de costa a costa las calles españolas, a la hora de luchar contra los tijeretazos, los más de siete millones de parados, el grifo cerrado de la banca, los suicidios cada vez más frecuentes, la paliza diaria de la troika contra los sueños de bienestar de un viejo pueblo que, por mucho que digan quienes siempre le explotaron, nunca ha derrochado su nada. ¿Dónde estaban todos cuando simplemente había que ayudar a un joven golpeado brutalmente por un simple teléfono? Quizá sólo fuera un pretexto. Tal vez sólo quisieran humillarle. Como a todo este país, por mucha Copa de Europa que levantemos.

    admin @ Viernes, 6 de Julio de 2012

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