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  • Opinión 27.07.2012

    27.07.2012 РJuan Jos̩ T̩llez
    Fuente: El Correo Web

    Siempre le hice caso a Luis Cilia, aquel cantautor portugués que hizo suyo aquello de “contra la idea de violencia, la violencia de la idea”. Ninguna idea, por disparatada, es intrínsecamente perversa. Lo perverso es poner en práctica algunas o imponerlas a todos o quemar en la hoguera a quien no crea lo mismo. Alberto Ruiz-Gallardón, a la sazón ministro de Justicia, pretende abolir la ley de Salud Sexual y Reproductiva y retornar incluso a una etapa anterior a la del 85. Esto es, pretende eliminar el supuesto de malformación del feto como causa objetiva para abortar, quizá equiparando dicha práctica con la selección genética de los nazis o de los espartanos. Mi ignorancia desconoce en qué versículo de las sagradas escrituras se habla de las células, pero los próceres católicos insisten en que la existencia humana se produce prácticamente a partir del acto de la fecundación, con lo cual no entiendo por qué los curas siguen condenando los tocamientos torpes. La doctrina dominante dentro de la bioética que inspiran grupos más papistas que el Papa, insiste en que la existencia de la persona comienza a partir de que el espermatozoide penetra el óvulo y desde entonces el embrión debe ser sujeto de derechos. Por simplemente poner en duda dicha hipótesis a la exministra Bibiana Aído la equipararon con Adolf Hitler. Así que mucho me extraña que el Vaticano no haya llevado al Tribunal Penal Internacional a todos los gobiernos europeos bajo la acusación de nascituruscidio, ya que todos lo practican y tan sólo Irlanda y Malta impiden que cualquier albur genético evite el nacimiento del feto. Si tanto les preocupa la vida tampoco me explico por qué la Santa Sede y los antiabortistas han defendido a matarifes como Augusto Pinochet, en Chile; un país, por cierto, regado de muertos hechos y derechos durante su dictadura pero en donde, paradójicamente, aún hoy y desde 1874 se mantiene el dogma del Aborto Cero. Salvo clandestino, claro. La interrupción voluntaria del embarazo no es ningún deporte, don Alberto. Cualquiera que se haya enfrentado a ella lo sabe. Como cualquiera siente repelús al decidir entre renunciar a su bebé o compartir con él el dolor que puede arrastrar de por vida. Máxime en un país en donde canallas como usted están abortando a diario el estado del bienestar, las leyes de dependencia, o simplemente, la asistencia social a las madres solteras. De buenas intenciones está el infierno lleno, pero usted no quiere salvar vidas, señor ministro. Usted quiere machacarlas. Desconozco en qué evangelio afirmó Cristo que una idea como la suya debe estar por encima de la simple compasión en carne y hueso.

    admin @ Viernes, 27 de Julio de 2012

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