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  • 12.08.2012 – Juan José Téllez
    Fuente: Público.es

    La policía parece contar con una importante prueba contra la supuesta célula yihadista detenida en Algeciras: sus integrantes eran pésimos pilotos de aeromodelismo, según revela el video encontrado en un garaje. Si ese es el principal indicio con que cuentan nuestras autoridades contra esa presunta organización armada, apaga y vámonos. Los muyaidines lo mismo celebran en casita el fin del ramadán el próximo 19 de agosto. Ojalá que no sea así por dos motivos: porque contemos ya en nuestro país con unidades verdaderamente eficaces para defendernos de dicha modalidad terrorista sin confundir los detergentes con los explosivos y, en primer lugar, porque no se vulneren a capricho las garantías del Estado de Derecho no más se cruce un Corán bajo la lupa de nuestros investigadores. Inch Allah.

    El actual Gobierno debiera recordarlo al dedillo porque su partido sigue sin creerlo: en España, padecimos aquel 11 de marzo de 2004 uno de los atentados más trágicos que se han cometido usando el nombre de Alah en vano. Nos hace falta un arma poderosa para combatir a ese fanatismo: rigor en el análisis y chivatos cojonudos. Y a pesar de que existen profesionales como la copa de un pino que se afanan en seguirles la pista,  la enumeración de nuestros fracasos en eso que llaman terrorismo global parece mucho mayor que la de nuestros aciertos. Ahora, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, reclama cambios en la legislación española para hacer frente a ese reducidísimo cupo de musulmanes que no están muy de acuerdo con que la palabra Islam signifique paz. ¿Qué cambios? ¿La patada en la puerta de las medersas? ¿O la legalización del sinfín de mezquitas clandestinas que siguen existiendo en este país porque la xenofobia al uso no permite la construcción de dichos templos con todas las de la ley? ¿O vamos a usar esa amenaza cierta como una simple coartada reaccionaria? El miedo guarda la viña, rezan los clásicos.  Ponga un yihadista en su vida para reforzar los retrocesos en materia de garantías que venimos sufriendo desde que la gente de orden volvió a La Moncloa.

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  • 12.09.2011 – Juan José Téllez
    Fuente: www.publico.es

    Al día siguiente del 11-S, no sólo había escombros sobre la Zona Cero en el corazón del World Trade Center neoyorquino. También llegaban los cascotes al imaginario de la Revolución Francesa: a las tres palabras mágicas de libertad, igualdad y fraternidad, se sumaba un aluvión de precauciones, incertidumbres de marquesonas, tiquismiquis de demócratas tibios. Miedo y seguridad iba a ser el ábrete sésamo de la década siguiente, entre predicadores del yihad o de las cruzadas, empeñados en volver a tropezar en la misma piedra de la historia.

    La herencia de aquellos célebres atentados en Estados Unidos fue la injusticia duradera, las guerras preventivas, los tribunales legítimos sustituidos por la Ley de Lynch y los sucesivos pókers de la muerte con que reparten cartas los soldados del imperio y los muyaidines dispuestos a inmolarse por un paraíso lleno de huríes. Ojalá no hubiera muerto nadie aquel día, pero no fue así:  2.753 personas en Manhattan, 184 en Washington y 40 en Shanksville. Ojalá no siguiera muriendo gente usando en vano el nombre de aquellas víctimas. Por no formular ese tipo de preguntas capciosas que no hemos tenido más remedio que repetirnos a lo largo de los últimos diez años cuando la sangre salpicaba desde los televisores a las mesitas del comedor de nuestras casas: ¿cuántas torres gemelas caben en Palestina?, suele ser la más frecuente.

    Los dioses no deben estar locos. Sus creyentes sí. El ferry de Staten Island se desvió de repente hacia Guantánamo. Y los turoperadores de las matanzas organizaron excursiones a Kabul o a Bagdad. Georges W. Bush dejó de jugar a la guerra de las galaxias y fomentó un siniestro y constante desfile de moros y cristianos. Todas las religiones hablan de paz, pero visto lo visto debe tratarse de un truco para despistar al enemigo. También aquel 11 de septiembre murió una parte esencial de nuestra filosofía. Los atentados de aquel día y las reacciones que siguieron acabaron con la vida intelectual de Jean Jacques Rousseau y su albur de que el ser humano fuese bueno por naturaleza.

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