Gloria y pena de la pajarita

 

Como la medalla de la Virgen del Carmen que llevé colgada hasta que el azar rompió su broche, lo de lucir pajarita tuvo que ser cosa de mis padres: aparezco con ella en un par de fotos infantiles, en las que delato, por cierto, algunos de mis peores vicios, el tabaco y los cómics. Ambas industrias las abandoné, y no me enorgullezco por ello, al alcanzar ese estado pintoresco que algunos llaman edad madura.

En cualquier caso, quiero decir que la pajarita existía en mi vida antes de que existiese Inocencio Arias. Y antes de que conociera al director de Cádiz Gráfico, que también llegó a lucirla en plena transición, justo cuando empecé a dejarme ver con dicho artilugio en las asambleas estudiantiles del Colegio Universitario Gaditano, o en sesudas reuniones presuntamente obreras, en las que no siempre me zafé del riesgo de parecer el emisario de la policía secreta.

Desde entonces, la mayoría de las pajaritas que he lucido llevan la firma de Elena Navarro, una joven diseñadora madrileña a la que conocía desde que ella hizo la primera comunión. Pero cuento, a la vez, con regalos amigos: José Joly Martínez de Salazar me trajo una, especialmente hermosa y llamativa, de un viaje por Escocia, y, sin ir más lejos, Manolo Cantos, compañero en el colegio Salesianos de Algeciras, me sorprendió con otra cuando dábamos los primeros pasos en el diario “Europa Sur”. Al finalizar algunas conferencias, hubo espíritus gentiles que me obsequiaron con ese heroico trozo de tela en forma de mariposa, en vez de brindarme una de esas placas conmemorativas para las que El Beni reclamaba eterna e inútilmente un tarrito de sidol.

Como en tantas otras ocasiones, la televisión es un espejo cóncavo de los del Callejón del Gato y mucha gente no supo que yo usaba pajarita hasta que empecé a aparecer con dicho colgajo en la pequeña pantalla. En principio, me lo planteé como un juego, la lucía como un icono, como una referencia: mis apariciones eran esporádicas y, en cierta medida, necesitaba llamar la atención para que me recordasen, para que asociaran dicha prenda presuntamente trasnochada con aquel discurso mío en el que la ironía y la ternura pretendían darse, aunque no lo lograra siempre, un beso de tornillo como en un texto de Eduardo Galeano. Corría un tiempo de nuevos yuppies y de antiguos petardos. Entre el falso glamour de los segundos y la uniformidad de los primeros, la pajarita suponía una cierta disidencia, una media gala, un guiño, un brindis al sol sin duda alguna: yo había usado corbatas –incluso me compré una para subastarla el día de mi boda y paliar los gastos del convite--, pero me resultaba una convención indumentaria demasiado gregaria y a mí siempre me gustó lo inesperado.

El periodista Antonio Yélamo recomienda desconfiar de quien lleve pajarita, barba sin bigote y las patillas de las gafas atadas por un lazo. Pero alguien que lleve pajarita, creo yo, evoca una historia detrás, una razón oscura, un largometraje por descubrir, un reino que no es de este mundo, un tiempo de otro tiempo, un misterio sin demasiado enigma y un cierto orden en el desorden.

De unos meses a esta parte, he empezado a dejar de usarla en ciertos actos públicos. No voy a ocultar que en dicha decisión me asiste el hecho de que no cabe abusar en demasía de la costumbre y que la frecuencia en la utilización de dicho complemento me puede fosilizar como un trilobites decimonónico. A su vez, influye el aspecto, pues cada vez más incurro en el criterio de que la ética y la estética es el mismo ámbito del conocimiento y de la sentimentalidad: el paso de los años le imprime a mi barbilla una rotundidad que el cuello cerrado y la pajarita pueden exagerar de manera indeseable respecto a mi coquetería. Pero también, ¿qué quieren que les diga?, el hecho de haber llevado pajarita desde niño me empuja hacia un cierto instinto de irreverencia, ese alma rebelde que la gente señala como heterodoxia. Por tal motivo, si la pajarita fue, durante mucho tiempo, la mejor bandera de mi disidencia, tampoco es cuestión de eternizarla como una dictadura.

Juan José Téllez