En la distancia, los sucesos más triviales juegan a ser trascendentes. Ahora, incluso escriben tesis sobre aquellas revistas cuatralbas que aparecieron en Cádiz durante la transición y que más jugaban a ser pasatiempo que sustancia. La invención de “Jaramago”, por ejemplo, obedece a la frustración de dos periodistas que no pudieron serlo: se llamaban Rafael Marín y Juan José Téllez. Parece que el albur de crear aquella publicación militante y primeriza se le ocurrió a ambos, al menos así lo recuerdo, cuando viajaban juntos a la grupa de un autobús, durante el otoño del año 76, cuando ya estaba claro que habrían de quedarse en Cádiz, estudiando Filosofía y Letras, Magisterio o vaya usted a saber qué cosas. Les acompañaban Juan Andrés Mateos y Manolo Chulián, en aquel raro pentecostés en el que el espíritu santo de la lucha contra la molicie se les transfiguró en forma de revista semiclandestina, a multicopista, con sus páginas pobladas de malos versos y de buenos cómics, por donde rumbearía alguna que otra firma de fuste, como la de Fernando Quiñones o la de Carlos Alvárez. Hubo grupo y revista, pero nada trascendente. No se trataba de ser seguidores de “Marejada”, a pesar de nuestra relación cordial con Fito Cózar, Jesús Fernández Palacios y José Ramón Ripoll, a pesar de que bombardeáramos con tomates a estos últimos, durante una lectura poética junto a Luis J. Moreno, en el Instituto Columela, por un patético gesto de rebeldía contra la cultura oficial de la progresía a la que ellos representaban. En vez de matar al padre, freudianamente matábamos así a nuestros hermanos mayores. Pero no hubo toma de posición estética: éramos muchachos comprometidos pero sin excesiva ideología, que tomábamos decisiones asamblearias en reuniones mayúsculas que tomaban como escenario las azoteas. Creíamos, eso sí, que el arte todo debía de ser cómplice de sí mismo, que no estaban nada claras ni las fronteras entre los géneros ni entre las diversas disciplinas, y que no era malo tomar las plazas para declamar versos, exponer dibujos o canturrear himnos. Era la transición, compréndanlo, y allí estábamos, en mitad de la historia, con un puñado de jóvenes que no sabían que ya habían dejado de ser adolescentes: Miguel Martínez, Ana Sánchez, Angel Olivera, los hermanos Guillermo y Mari Ángeles Montes Cala, Dorita Barrios, Manuel Jesús Ruíz Torres, Fernando Santiago, José Angle González, o Leo Hernández, que era un huracán libertario en mitad de aquella guerra cívica que pretendía liquidar una fúnebre dictadura a favor de una aburrida democracia. Luego, no sé si crecimos pero nos fuimos haciendo más viejos. Pero esa es otra historia. Juan José Téllez |