Apocalipsis, ahora

Las aspas de los helicópteros sobrevuelan los sueños de los desheredados, deshechos como una almadía sobre los arrecifes de la fortaleza europea: ellos llegaron a esta orilla, atraídos por los cantos de las sirenas parabólicas, esperanzados en salarios honestos, en leyes justas, en un oasis donde ya no cupiera la humillación o el miedo, cavilando tal vez que quizá les ocurriera como a los balseros cubanos, que se libran de sus pesadillas con sólo tocar la playa de Miami, en donde sin embargo les aguardan otras. Los guardacostas impiden este sórdido crimen de buscarse la vida, tras invadir el paraíso privado de la banca psicópata, el territorio de los escaparates carnívoros, la guarida de la hidra de las transnacionales, ese enorme calabozo del Primer Mundo, cuyos presos siguen hipnotizados por el capitalismo salvaje. Los cuatro jinetes del Apocalipsis no son esos cuerpos ateridos bajo la hipotermia, los ojos desorbitados del pánico, las palabras acostumbradas a la súplica, la memoria que olvida ciertos recuerdos. Los cuatro jinetes del Apocalipsis somos nosotros: el hambre, la guerra, la peste y la muerte. Ellos siguen siendo nuestras víctimas, los únicos seres humanos de un nuevo testamento que no termina bien. Las leyes prohíben las bienaventuranzas. Y la única profecía posible es el desastre. Ellos no lo saben. Y, a nosotros, parece como sin no nos incumbiera. Les echamos los perros. Miramos a otro sitio. Las aspas de los helicópteros ni siquiera nos despeinan.


Juan José Téllez